“Oaxaca: cuando la muerte deja de impactar”
Ejecutan a despachador de Líneas Unidas en Santa Lucía, Ocotlán
Floriberto Santos
Minutos antes de que el reloj marcara las siete de la mañana, la rutina en la base de transporte de Líneas Unidas de Santa Lucía Ocotlán parecía transcurrir como cualquier otro día. La urvan número 56, con destino a Pochutla, se aproximaba para repotarse. Algunos estaban a bordo, otros esperaban distraídos en la sala de espera, mirando el ir y venir de la gente.
Entonces, el estruendo.
Uno… dos… tres… cuatro disparos rompieron el aire y congelaron el momento. El conductor, instintivamente, pisó el acelerador y se alejó del lugar, mientras en el suelo, un hombre caía de espaldas, pecho arriba. No hubo tiempo para entender, el sujeto encapuchado se acercó y, sin titubeos, lo remató ahí mismo.
Todo ocurrió con una rapidez brutal.
Del pecho del hombre, de quien enseguida se supo era el despachador, aún parecía salir humo. A su alrededor, esparcidos en el suelo, varios billetes que, según versiones, llevaba en la mano en el instante del ataque. El dinero quedó ahí, como testigo mudo de la escena.
Más de una decena de personas presenciaron el hecho. Nadie intervino. Nadie pudo.
El agresor, con el rostro cubierto, actuó con una frialdad que heló incluso a quienes dicen estar acostumbrados a la violencia.
Algunos testigos, todavía en shock, comentaban entre sí:
—Nunca había visto cuando lo rematan… —dijo un pasajero que viajaba en la urvan 56.
—Se regresó a recoger su dinero y le siguieron disparando —aseguró otro.
—Parece que primero le disparó a la camara… sabía lo que hacía, dicen que era chofer de líneas —murmuró alguien más, intentando darle sentido a lo ocurrido.
Y entre las voces, una frase que pesa más que los disparos:
—Hay gente que se asusta mucho cuando ve eso, pero yo no… es Santa Lucía Ocotlán, ¿verdad?
Quizá lo más inquietante no fue la ejecución en sí, sino la reacción. O la falta de ella.
Porque, aunque parezca increíble, hubo quienes observaron la escena con una normalidad que asusta más que la violencia misma. Como si el horror se hubiera vuelto parte del paisaje cotidiano.
Como si en Oaxaca —o en gran parte de México— ver morir a alguien a plena luz del día ya no sorprendiera tanto. 